lunes, septiembre 11, 2006

Regiones abandonadas

Por Miguel-Ángel Martí García

Algún poeta ha dicho que el atardecer «es la hora de las lágrimas», efectivamente, a esas horas la emotividad, los sentimientos, la afectividad están electrizando nuestro interior, y ya no es solamente la razón la que toma la dirección de nuestro pensamiento, sino que también el corazón tiene algo que decir en esos momentos del día; y cuando en el hombre la razón es apuntalada por el corazón, lo que puede salir de su mundo interior son pensamientos profundos capaces de expresar en frases bellísimas algún secreto de la vida.

A veces las ideas más bellas son como los perfumes, que pasado un tiempo sólo dejan una leve huella de su presencia. Por eso hay que estar prevenidos, y adivinar lo que se nos presenta como una simple sugerencia, un pensamiento fugaz o tal vez una ocurrencia; adivinar, digo, un pensamiento fuerte capaz de alumbrar parte de una realidad de nuestra vida que se nos resistía a ser interpretada.

Estar prevenidos no supone una tensión, un esfuerzo; esta actitud sería contraproducente. Se trata más bien de estar distendido, sereno, con una actitud de agradecimiento a la vida, sin más equipaje que el fruto de la contemplación. Esta es la disposición de ánimo adecuada para que en nuestra inteligencia aflore, con una naturalidad pasmosa, una feliz idea, que habrá que recoger, apresar y fijar, para que pase a nuestro acervo intelectual. Nuestras lecturas, la experiencia de la vida, los otros van depositando en nosotros -permitidme la metáfora- «un polvo de estrellas», que cuando le dejamos se nos hace presente. Sócrates tenía razón, la verdad, muchas veces, está ya en nosotros, lo único que hace falta es que nuestra vida se serene y se calle, también, un poco, para que pueda hablar lo que está dentro de nosotros.

En nuestro paisaje interior hay además regiones abandonadas, que constituyeron, en un momento dado de nuestra vida, el escenario de nuestro mundo interior, y que fueron luego, poco a poco, desplazadas ante la conquista de otros nuevos territorios. El volver a esas regiones, que configuraron parte de nuestra biografía, produce en nuestro espíritu ecos con resonancias muy sentidas. El hombre es, sobre todo, proyecto, futuro; pero no sólo, porque igualmente es propio de él tener una conciencia viva de su pasado, el sentirse vinculado a sus propios recuerdos, a lo que dejó atrás. Durante la niñez y la adolescencia son tan intensas las vivencias, que de alguna manera nos marcan e inician el trazo fuerte de lo que luego será una larga línea biográfica; por eso es bueno, cuando la intensidad de la señal empieza a ser vacilante, volver a aquella parte del paisaje de nuestro mundo interior.

Y ese regreso hacia estas regiones abandonadas del alma supone siempre un sobresalto cuando al explorarlas otra vez vislumbramos la intensidad de las emociones primeras. Con la misma razón que se dice que el primer amor no se olvida nunca, tampoco se olvidan nunca las primeras vivencias con las que entramos en contacto con la realidad. Y con el paso del tiempo, decíamos, hay que volver a ellas, porque la realidad con su continua presencia deja de admirarnos, y sin admiración el paisaje se vuelve monótono, anodino, aburrido. La realidad está ahí, pero no nos dice nada; ha dejado de hablarnos. En cambio, cuando «se vuelve a la realidad» desde las primeras vivencias, volvemos a afirmamos en el sentido que la realidad para nosotros tuvo. Es tarea importante de la vida mantener vivos estos primeros encuentros con las cosas, porque es la única forma de mantenerse fiel a sí mismo.

Hay que aprender a desacostumbrarse a vivir. Tal vez esté el secreto en tener una mirada nueva, enamorada. ¿Y cómo es esa mirada? Es indefensa, es decir, no tiene prejuicios, no ve antes de hora, no ve con lo que ha visto otras veces; podríamos decir que su indefensión consiste en que prescinde de su historia propia, de su experiencia, y renuncia a las expectativas. Y en segundo lugar, la mirada nueva, enamorada, es agradecida, se alegra con el pequeño detalle, con el insignificante descubrimiento, con el simple ver la luz reverberando en el objeto; no va en busca del espectáculo, de lo grandioso, no está ahí -en lo extraordinario- el objeto de su amor; lo grande, lo llamativo se avisa a sí sólo; la mirada nueva, enamorada, busca en lo pequeño, en el detalle la razón de ser de su gratitud. Esta indefensión, esta gratitud ante lo que se nos presenta, supone necesariamente un regreso a nuestra forma primigenia de vivir, y con ella, de ver. Quien no sea capaz de vivir con esa juventud de espíritu, está condenado a acostumbrarse a la vida porque no sabrá descubrir en el presente lo más bonito de su pasado.




Marti Garcia Miguel-A., La intimidad, Eunsa, Pamplona 1992, pp. 75-80.

# 21 VID - El sentido de la vida - Categoría: Vida

(The Meaning of life - Life)

1 Comments:

Blogger Carmen Bellver said...

Muy interesante la aportación. La memoria es un tesoro, pero saber mirar como la primera vez, es la esencia de la vida. Un espíritu jóven siempre vive sorprendido. Un saludo

5:05 p. m.  

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