sábado, diciembre 23, 2006

La verdad os hará libres (I)

Por Federico Suárez

Creo que si os animáis a leer en alguna ocasión el capítulo octavo del Evangelio de San Juan podéis pasar un rato verda­deramente delicioso, al menos desde el punto de vista intelectual. No me refiero, claro está, a una simple lectura descuida­da y rápida, sino a una lectura pausada, atenta, hecha sin prisa y con sobra de tiempo para detenerse a reflexionar siem­pre que la ocasión lo requiera, es decir, a menudo. Y, por supuesto, una lectura hecha sin prejuicios, con la mente abier­ta y en disposición receptiva.

Es en ese capítulo donde se lee una afirmación de Jesús, hecha al parecer de pasada, pero que no obstante levantó en vilo a los fariseos, que en ocasiones se mostraban muy susceptibles. He aquí lo que se lee: «Decía, pues, Jesús a los ju­díos que habían creído en El: Si vosotros perseverareis en mi doctrina seréis ver­daderamente discípulos míos, y conoce­réis la verdad, y la verdad os hará libres» (Ioh 8, 31 y 32).

Esta última afirmación fue la que pro­vocó una airada reacción de parte de los oyentes, entablándose una discusión en­tre Jesús y los fariseos. El sentido pro­fundo de esta afirmación del Señor -«la verdad os hará libres»- lo explicó El mismo a lo largo de la discusión, y en términos generales, tal como se despren­de del contexto, se puede entender así: Dios creó al hombre libre; el hombre, inducido a error (pensó que podría ser igual a Dios) por el demonio, «mentiroso y padre de la mentira», cometió pecado, y en el mismo momento perdió su liber­tad, «porque el que comete pecado es es­clavo del pecado». Pero el esclavo no pue­de manumitirse a sí mismo: tiene que ser liberado por alguien con poder suficiente para hacerlo. Ese alguien es el Hijo -que es el camino, la verdad y la vida-: sólo El puede redimir al hombre de su pecado y volverle por la gracia al estado de li­bertad, rotas las ataduras con que el pecado le aprisionaba: «Si él Hijo os diese libertad, seréis realmente libres». Parece que hoy, efectivamente, este te­ma de la libertad está a flor de piel, si hemos de juzgar por el consumo que se hace de la palabra. Y las palabras del Se­ñor son muy sugerentes a este respecto. «La verdad os hará libres». ¿Y la men­tira? ¿Puede la mentira hacer libres a los hombres? Un hombre cuya idea de la libertad esté basada en una mentira y sea, por tanto, una idea falsa de la li­bertad, ¿puede considerarse que es real­mente libre?

Si hay que dar crédito a lo que se lee, hoy los jóvenes (o, al menos, una parte de ellos) no se sienten libres, sino apre­sados, más aún, exasperados por unas es­tructuras que ellos no han hecho, por una organización en la que ellos no han intervenido. Pero me parece que esto no sucede sólo con los jóvenes; algunos vie­jos (o, si lo preferís, podemos decir ma­yores) tampoco nos encontramos mucho más a gusto en feas y enormes ciudades de cemento y asfalto hechas, acomodadas sobre todo, para el tráfico rodado, llenas de humo, de ruido y de prisas, en una ci­vilización en que la técnica está aplastan­do al hombre y subordinándolo a sus fines. Uno se ve también asfixiado por re­glamentos, ordenanzas, expedientes, trá­mites, papeleo y burocracia. Se compren­de muy bien la evasión de una parte de la juventud que vuelve a una especie de nomadismo campestre: se ha salido de ese mundo hecho de reglamentos, con­vencionalismos petrificados y necesidades inútiles cada vez más numerosas. Pero aunque se sientan más libres, ¿lo son realmente? Ser libre ¿consiste simple­mente en la ausencia de todo lazo, de todo vínculo, que nos ligue a algo?

¿Qué es, en realidad, ser libre? Un hom­bre sin familia por 1a que trabajar, sin patria en la que hundir sus raíces, sin fe que le conforme, sin deberes que le obliguen, sin norma moral que le sujete, sin una verdad objetiva a la que atenerse, sin un amor al que entregarse, sin espe­ranza por la que luchar, sin Dios a quien amar, un hombre así, tan suelto de todo, ¿sería un hombre libre?

No. No lo sería. No sería ni siquiera un verdadero hombre. Sería apenas una es­pecie de cosa sin ninguna humanidad y, desde luego, si hubiera algún hombre en tales condiciones, su vida sería un ver­dadero infierno, un vacío tan espantoso que sólo un estado de inconsciencia po­dría hacer apenas soportable. Un hom­bre así sería lo más parecido a un animal, obligado por su misma vaciedad a asirse a las cosas más elementales para tener algún contacto con la realidad, evitando a todo trance adquirir conciencia de una vida sin contenido, sin finalidad y sin sen­tido.

La libertad no se define por la ausen­cia de todo vínculo, de toda ligadura. No es simplemente una palabra. Es una rea­lidad existente en un mundo de realida­des, de otras realidades de las que no puede prescindir, ni independizarse, por­que ellas también son, y ellas también cuentan. La libertad del hombre tiene un origen que la configura, un objeto al que aplicarse, una finalidad que le da sentido. Prescindir de tales elementos equivale a negarla o a destruirla. Y ser libre no es tampoco ser todopoderoso, hacer todo lo que uno quiere. Uno no puede, aunque quiera, hacer cuanto le pueda apetecer, pero no por eso deja de ser un hombre libre. Siendo, como es, el hombre un ser limitado, ¿cómo podría ser ilimitada la libertad? Por eso, toda limitación, cual­quier limitación, no tiene por qué ser un insulto a la libertad.

Por otra parte, libertad no equivale pro­piamente a independencia. El hombre es libre, pero no es independiente. Necesita de muchas cosas, de otras personas, para vivir, incluso para subsistir. Es un ser real hecho de una forma determinada, y no puede prescindir de ello a no ser que deje de ser hombre, y además hay otros hombres que también son libres y tienen derecho a que su libertad sea respetada. La convivencia implica siempre renun­cias. Lo malo de la palabra libertad es que es una palabra ambigua, al menos en cierto sentido. Si no hay una conformi­dad en el contenido y alcance del con­cepto, toda conversación queda en un diálogo entre sordos, y me temo que al hablar de libertad cada uno la entiende a su modo. Pero de todos estos modos, ¿cuál es el que de verdad responde a lo que auténticamente es la libertad?

Si ser libre no significa ser todopodero­so, ni tampoco independiente (en el sen­tido más radical), entonces ser libre es compatible con la limitación y la depen­dencia. Más aún: la limitación y la de­pendencia son connaturales al hombre por el mero hecho de serlo. Hay que ci­tar aquí, por lo que ilustran el sentido de esta característica, unas palabras de G. Thibon que expresan, un tanto figura­damente, un hecho real. «No podemos ser egoístas, tan sólo podemos ser presas. El avaro se ve devorado por el oro; el liber­tino por la mujer; el santo por Dios.

No está el problema en darnos o rehusar­nos, se trata tan sólo de saber a quién nos damos». Ahora bien: si todo hombre está vinculado a algo, o a alguien, la ca­lidad de la libertad depende de la calidad del vínculo que, al atarle, da la referencia de la elección que el hombre hace. Y ello es así porque la libertad se ejercita en la elección entre dos o más posibilidades por una de las cuales debe decidirse la voluntad, pues no puede estar en suspen­so indefinidamente. Pero no es la volun­tad, ni la libertad, la que conoce entre dos o más posibilidades, sino la razón. La razón es tan fundamental para que la libertad pueda darse que no hay libertad propiamente dicha sino en los seres ra­cionales. No se dice que un irracional, una planta o una piedra, sean seres libres, aunque un perro pueda ir a una parte u otra, o una planta crezca libre­mente. La elección supone ponderación, reflexión, consideración, valoración de las posibilidades entre las que elegir. Cuan­do no hay esto, cuando el pensamiento está ausente, entonces no hay libertad: se trata entonces de apetencia, capricho, instinto, arbitrariedad, impulso, algo que no es racional ni razonable, algo que no es del todo humano.

Y algo de esto es lo que hoy está ocurriendo. Saint Exupery ha sabido expre­sarlo muy bien al escribir en Ciudadela: « Porque se me ha revelado que el hom­bre es semejante en todo a la ciudadela. Destruye los muros para asegurarse la libertad, pero ya es sólo una fortaleza desmantelada y abierta a las estrellas. Entonces comienza la angustia de no ser». Abierta a las estrellas, pero también a cualesquiera vientos, sin abrigo; y tam­bién abierta al asalto de los enemigos, sin defensa. Hoy el hombre, y una parte de la juventud en concreto, ha destruido las murallas que le defendían y aseguraban su integridad frente a las fuerzas des­tructoras. Ha destruido los «mitos», ha terminado con los «tabús». Y en realidad lo que ha destruido, lo que ha aniquilado, es la verdad en nombre de la libertad, y para ser «libre» la ha sustituido por ilu­siones, sueños, optimistas visiones del por­venir, teorías tan brillantes como caren­tes de fundamento. ¿Con qué resultado?

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# 38 GSV - El sentido de la vida - Categoría: General

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

alguien lo tenia que leer, la necesidad crea la busqueda, la busqueda encuentra el propósito, el propósito la razón de vivir.

José Nicodemo - Arequipa Peru - 2007

7:39 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Me ha gustado lo que habéis escrito. Yo veo también otro significado en las palabras "la verdad os hará libres": cuando dices la verdad expones lo que piensas, sientes, eres... el no hacerlo hace que seas esclavo porque si mientes, es que ocultas algo que no quieres que se sepa y es esa mentira la que tiene poder sobre ti y lo que ocultas te chantajea. Al aceptarlo todo sobre tu vida y exponerla ante el mundo tal como es, la necesidad de ocultar cosas y mentir, desaparece. Es por ello que... "la verdad os hará os hará libres". En el momento que nada ocultas, nada temes y te expones ante el mundo tal cual eres.
En fin, no sé si lo he expresado bien.
Un saludo

9:08 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Estoy totalmente de acuerdo con lo que ha comentado el anterior contertulio. Yo también le doy a la frase "la verdad os hará libres" un significado más bien psicológico. La realidad es que al sacar al mundo lo que uno realmente es, con total secillez y desnudez, está haciendo un acto de amor, abriendo su corazón, y esto libera. Cualquier cosa que uno oculta (activa o pasivamente)se convierte en algo que aprisiona y que acaba por ocultar la luz del amor del corazón. La cuestión es que hace falta mucho valor para hacer esto, pues en ocasiones lo que uno es no encaja totalmente en los convencionalismos sociales y uno se arriesga a ser rechazado. Saludos, buen tema.

11:59 a. m.  

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